La vida: una multiversión eterna, infinita, de lo Eterno

 

Y en la Llamada Orante nos encontramos con nosotros, que es como decir que nos encontramos con nuestro origen, con nuestra naturaleza.

En la Llamada Orante no hay ni prejuicios, ni condenas, ni trampas.

Y así, cada vez que el ser se dispone a orar, sabe que se va a encontrar con el refugio de sí mismo. Y de inmediato se va a descubrir que ni siquiera es él, sino que es el Misterio el que vibra y se expresa en nuestra forma, en nuestro carácter, en nuestra actitud…

Es la oportunidad, lo orante, de despojarnos de nuestras pertenencias, porque nunca nos han pertenecido.

Y si bien se dijo –y se dice- que se acude a orar, y el orante pide perdón por sus pecados, por sus transgresiones, pide, pide y pide “como si fuera” una entidad propia, individual, que contacta con otra teóricamente superior que está allí, allá…, más bien diremos que, cuando la oración se hace presente, dejamos de ser “éste”, “aquél” o “el otro”, y entramos a ser el Misterio, entramos a ser lo que transcurre, y sobre ello divagamos, meditamos, contemplamos…

Indagamos sobre nuestra naturaleza, pero que no es propia.

Y si proponemos y decimos la idea de que somos enviados para cumplir una misión, con los recursos necesarios, evidentemente no nos pertenecemos.

Somos expresiones insólitas, únicas, imprescindibles y necesarias, pero como expresión del Misterio Creador.

Y la Llamada Orante nos hace orientarnos hacia un nuevo peldaño en el que, al acudir a ella, nos descubrimos como expresión de lo misterioso... y nos caracterizamos de una determinada forma y manera. Y esa, debemos evaluarla, valorarla, pulirla.

No es –así en principio- no es fácil convivir con quien no soy. Porque nos han educado tanto en “lo que somos”, que al plantearnos –como ahora- quiénes no somos: el carácter, la personalidad, la creencia, el punto de vista, el “libre de albedrío”… son todos esos adornos que a lo largo del tiempo el ser se ha colocado, sin darse cuenta de que ni uno solo de ellos se ha expresado sin la emanación del Misterio.

Así que simultáneamente convivimos con quienes no somos y con lo que somos.

Puede resultar un poco “esquizo”, “esquizoide”, “doble personalidad”, “Mr. Jekyll”…

“Puede”.

Pero ¿acaso… acaso no se está, con frecuencia, hablando del Yin y del Yang?

¿No son acaso opuestos y complementarios? Por acercarse un poco a ellos, porque tampoco son eso.

¿Y no es acaso, al expresar “Dao”, el sentir de la Creación? Como frase, no como definición. “El sentir de la Creación”.

Y cada ser es Dao. Para trascender a la dualidad; pero en el mundo que nos corresponde, están.

La propuesta orante es saltar del personalismo individual que trata con lo Divino como “de tú a tú” o “de tú a mí”, a desvelarnos que “yo no existo; yo soy Tú”. Pero en apariencia soy yo.

Podemos caer en un juego de palabras. Sí. Pero, ¡qué diferente es acudir cuando nos llaman!, sabiendo que somos parte de la llamada, expresión de la llamada, que por su magnificencia nos va desvelando, aclarando, mostrando nuestra naturaleza, que es Creación.

Mientras que, por el contrario, cuando acudimos con el “yoísmo” estructurado, pidiendo correcciones o mostrándose como se cree que uno es, ahí sí empleamos el dualismo que nos acompaña a lo largo de civilizaciones; y, salvo excepciones místicas a las que no vamos a renunciar y que ahora proponemos al orar, el dualismo se establece en esa convivencia entre la Creación y el credo que podamos tener, y nuestra personalidad: quiénes somos, cómo somos...

Y ahí siempre habrá esa dualidad entre... –para simplificar- entre Dios y el hombre, Dios y los hombres. Una dualidad de dolor, de falta, de engaño…; de un largo etcétera de cómo se ve la especie en su “dualismo existencial”.

Los macabros espectáculos entre religiones propietarias de dioses: ¡qué horror!

Cuando asumimos la actitud de un nuevo peldaño en el Infinito y en lo Eterno, y dejamos de juzgarnos, de fustigarnos, y dejamos de juzgar, dejamos de reclamar, empezamos a ser lo que somos, que no es lo que seguramente cada uno piensa que es, sino otra realidad.

Una realidad de Misterio, con mensaje y recursos. Una realidad que no me pertenece. Y al decir "no me pertenece" no significa que empiece a combatirme y a castigarme. Algunas tendencias hablan de hay que anular el “yo”, el “ego”. Sí. Bien. ¿Y...? ¿Quién queda?

 La naturaleza de la vida no es el transcurso de lo que queda, del que gana, del que prospera.

La naturaleza de la vida es una muestra de la Creación, que suspira. “La naturaleza de la vida es una muestra de la Creación, que suspira”.

Y cada “yo” es un mensajero, una expresión creadora que es Creación. Es como si la Creación se desgajara, y uno de sus gajos –como el de una naranja- fuera la vida. Y fuera la vida de cada uno, que ya no es cada uno, sino que es una multiversión infinita de lo Eterno.

La vida: “una multiversión eterna, infinita, de lo Eterno.”

 

Configurado cada ser vivo como un mensaje, es un mensaje en su encarnación, en su desarrollo, con la potencialidad de descubrir, la creatividad de aprender y la solvencia de estar mostrando lo que trae: ese mensaje.

Pero es que él es el mensaje. No es alguien que trae la carta, no. Él, usted, aquel y el otro… son las cartas.

Y en esa medida, la dualidad no tiene necesidad de aparecer.

No sólo somos cómplices divinos, sino somos expresión divina.

Como expresión de lo Divino, no tiene principio ni tiene fin. Tiene... –no de tener, sino de expresar- tiene una forma, una manera de expresarse.

Y “parece” someterse a ciclos y a ritmos, pero también es ficción.

Sí. Todo es como un gran escenario, donde hay luces, alfombras, tarimas...; donde hace calor y frío… Un estudio donde se va a rodar tal o cual escena.

Y en ese estudio transcurren buenos, malos, vidas, muertes, enfermedades… diferentes condimentos. Para luego, cuando se termine la filmación o la interpretación...

Por cierto, ¿quiénes son los espectadores?

 Los mismos actores.

El actor, como espectador que simultáneamente representa lo que la Creación decide.

Y al ser actor y espectador simultáneamente, bajo la dirección de la Creación, puedo ver lo verdaderamente trascendente –que se queda sin palabras- y puedo ver la ficción, las apariencias: del calor, del frío, de la urgencia, del hambre, de la guerra…

 Y una vez culminado el rodaje, el espectador-actor, expresión de la Creación, desaparece como protagonista. Entra en otra vida.

Como el ejemplo que estamos siguiendo: y vemos a éste que actúa así y es así... pero termina la actuación y sale, y es otra persona.

Esa otra persona... es el mensaje, es el mensajero.

Pero hay que –como diría la canción- “rodar y rodar y rodar”… para saber distinguir la apariencia de lo configurado, de la evidencia de lo invisible.

La apariencia de lo configurado, con la evidencia de lo invisible.

La simultaneidad trinitaria del espectador, el actor y el promotor, se funden en un Misterio. Y ese promotor, aparentemente invisible, es el que posibilita que el actor-espectador, se fundan en la promoción y se diluyan en el Misterio.

Piedad. Ámen.

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