El hacer de la vida es un compromiso solidario

 

Y la invocación de la Llamada Orante nos transporta hacia nuestras naturalezas de Universo, que se plasman en nuestro hacer de bondad, en nuestra misión de redención, en nuestra expresión de fuerza… en la convicción.

No es una simple llamada. Es un requerimiento. Y que, en la medida en que nos responsabilizamos de ello, nuestro ser asume el equilibrio, la armonía, la disposición, la ayuda.

Habitualmente, en lo cotidiano, ante muy diferentes circunstancias, se suele escuchar el decir: “Pero ¿yo qué puedo hacer? Yo no puedo hacer nada... Eso lo que lo tendrá que hacer aquél, el otro o el de más allá”.

El hacer de la vida es un compromiso solidario que no excluye ninguna posibilidad. El mero hecho de adoptar una posición de disponibilidad, de saber que se está en la intención de la búsqueda, y de que nos encuentren, nos capacita para tener una… no sólo respuesta, sino una actitud responsable... que ayuda.

La “ay-uda” –como el “ay-uno”- es esa disposición a desligarse de lo posesivo y entregarse a lo solidario.

Y sea cual sea la necesidad que aparezca, si nos sabemos solidarios como seres, e inevitables como vida, en solidaridad, bastará una actitud, una palabra, un gesto..., para que ello implique una ayuda. Que muchas veces no es la de nuestro agrado, pero es una posición que nos capacita para buscar nuestras respuestas.

Sentirse ayuda y sentir que me ayudan... es una posición de consciencia, realmente en la vía de la liberación. No solamente porque “no estoy solo”, sino porque soy consciente de la necesidad de ayuda y soy consciente de la necesidad de mi ayuda a otras situaciones.

Toda… toda Llamada Orante que se implica en el Misterio Creador, tiene una representación, una realización, una configuración en nuestras formas. No es un mundo separado.

Cuando separamos nuestra consciencia conectiva con la Creación, y nos quedamos con nuestra consciencia aseverativa de nuestra razón, estamos presos; limitados; en constante dependencia; con el miedo incorporado, que lo tomamos como recurso de cuidado.

Educados en el miedo por las injurias que podemos recibir, sin descubrirnos las bondades que podemos ofrecer... y las ayudas –como decíamos- que somos, cuando nos educan en esa disposición, los logros siempre están limitados.

Y caer en la limitación, dentro del infinito Universo en el que habitamos, es un desespero.

Y de ahí las prisas, el consumo, el acelere, el “inmediato”...

 Se ha de tener siempre presente... que somos una minucia equivalente al Misterio Creador: somos un Misterio también.

Y estamos para testimoniar la grandeza de ese Misterio, a través de posicionarnos en permanente generosidad, en constante avistamiento de no perder la referencia...; de que nuestra mensajería está porque necesaria es, y no admite suplir nuestra presencia. Y de esa manera, cada consciencia asume la responsabilidad, asistida permanentemente, de poder cumplir... con el entusiasmo de saberse cortejado amorosamente por la Creación.

Nuestra sola, sola presencia... de un amanecer, la consciencia de descubrirnos al despertar, ya es una evidencia del cortejo de Amor del Misterio Creador.

No despertamos a la oscuridad solitaria. Despertamos a la luz bulliciosa, al sonido de la expresión viviente.

La algarabía de la vigilia nos pone en sintonía con nuestro papel: el que nos toque.

En estos tiempos de cronicidad desesperada, las soluciones aplicadas son efímeras y rentistas. Las prevenciones son casi unas quimeras.

Y resulta que somos… somos el transporte, somos el testimonio de expresar el cese del sufrimiento. Pero se tiene ahí como… como algo... inaudito, imposible.

Tan imposible, que con la amenaza constante de la muerte, y el sentido limitativo de la existencia, nos impide ver el amanecer permanente.

Portamos, por el hecho de vivir, una existencia sostenida y mantenida, sin la necesidad del sacrificio, del sufrimiento y el dolor.

Por ello, debemos salir de la cronicidad, introducirnos en la prevención... y aspirar continuamente a la resolución, esa, liberadora... Esa liberadora que es la gran ayuda, la gran redención.

Pueden parecer palabras grandilocuentes o proyectos inabordables. Pero, si así lo fueran, no se escucharían; no habría palabras para decirlos. Si se escuchan y se dicen es porque están.

La palabra crea. Y en el Principio era ella. Es ella.

No somos una necedad transitoria que se mece en los vaivenes de la casualidad, la suerte o... el desprecio.

En ese sentido de la conversión, debemos rehabilitar la consciencia de humanidad: el dejar de sentirnos permanentemente culpables... y responsables de todos los desastres.

Es perentorio recuperar la dignidad. Sin duda, hay que ejercitarse en ello.

Sin duda, no vamos a negar las barbaries y los desastres que crónicamente se establecen como si fueran de nuestra naturaleza. Pero es ahí donde tenemos que incidir: no es nuestra naturaleza. Es el camino que han seguido nuestras capacidades, consentido por el Misterio Creador, en ese Misterio. Y que, en ese desespero y en ese deshacer, está el reclamo que pide la bondad, la caricia, el consuelo.

Esa... maldad, en realidad está reclamando una posición de bondad, porque de ella venimos y de ella somos. ¡No podemos quedarnos en el análisis circunstancial de evidencias racionales! Tenemos que ir más allá, y asumirnos como inspiración reveladora... que se dispone a servir y a pulir, cada instante, su ejercicio de hacer.

¡A sacar brillo!... a cada palabra, a cada actitud.

A hacer de la memoria un alivio, no un desesperado movimiento que nos condena; más bien, un inspirado instante de redención. Fíjense qué infinita diferencia.

¡No hemos venido para ser condenados!... Hemos venido para testimoniar que somos liberados. Y que nos ejercitamos en esa liberación, por el testimonio de los recursos de los que hemos sido dotados. Y así somos un servicio permanente... que elude el conflicto, la controversia, el prejuicio y el castigo.

La flor de primavera no es una casualidad. Es una muestra transparente de cálida belleza.

La brisa suave que nos acaricia... es una expresión de compañía, de sentirnos acompañados.

El sonido de nuestras pisadas... es el tambor del compás; ese compás que busca los ritmos de la alegría.

Sí. Somos excepciones delicadas... y dedicadas a dar muestras de perennidad.

Hacer, de nuestro muestrario, una sinfonía de belleza.

Recurrir al auxilio del canto del pájaro...

Y las ansias fantásticas, apoyarse en el aleteo de las aves que vuelan.

Todo instante de vida es una trascendente experiencia de belleza, de consciencia de Amor.

Es el perfume del suspiro… en permanente alivio.

“Es el perfume del suspiro, en permanente alivio”.

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TIAN

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